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26/03/2015

Mal día para pescado

Estudio de Facultad de Veterinaria busca mayor precisión en examen de peces contaminados por agroquímicos. Y el Estado quiere vencer cierta apatía local en el consumo de productos del mar 
Florencia Cremonese / @flocremonese / Sudestada

Más allá de ser un compuesto inorgánico de dos átomos de hidrógeno y uno de oxígeno, o una canción de Fernando Cabrera, el agua es uno de los recursos más valiosos con los que cuenta la humanidad, y de ella requieren los más variados procesos productivos. Sin ir más lejos, los ríos y mares son una fuente de alimento importantísima para gran parte de la población mundial, pero en Uruguay el consumo de pescado es exiguo, más allá de que el país sea conocido por las ricas costas que lo bañan.

El gobierno pretende cambiar esta realidad alimenticia con un plan que apunta a una transformación cultural desde la infancia. Y por otro lado, en un proceso mucho más concreto y a corto plazo, busca reunir herramientas más eficaces para detectar las problemáticas que en los peces pueden causar el uso de agroquímicos en zonas de cultivo cercanas a cauces de agua.

El acto de alimentarse implica tomar decisiones. No solo qué comer, o en qué cantidades, sino que, progresivamente, se han sumado otras variables: si el producto es orgánico o transgénico por ejemplo, o si ha sido afectado por químicos como en el caso del consumo de pescado o la ingesta de agua.

El director nacional de recursos acuáticos, Daniel Giraldoni, dijo que “en general, los análisis que se hacen en músculos de peces, en relación a agroquímicos como el glifosato, entre otros, no dan valores que estén por encima de los estándares mínimos permitidos” (Sabuesos, Radio Nacional). Pero apuntó que la población en general, ni los votantes de izquierda, han dado suficiente atención a los planes estratégicos de utilización de los suelos, lo que llevados a cabo disminuyen la afectación de tierras y aguas por contaminación de diferentes tipos.

El Ministerio de Ganadería Agricultura y Pesca (MGAP) establece en su normativa y difunde a través de cursos y materiales, que “se prohíbe realizar aplicaciones terrestres mecanizadas en cultivos extensivos (cereales, oleaginosos y forrajeras) a una distancia inferior a 300 metros de cualquier zona urbana o suburbana y centro poblado”. Esto en los hechos no se cumple, y un ejemplo es el del Paraje Piedra del Toro en Canelones, donde se observan plantaciones de soja a metros de la Laguna de los Cisnes. (Sala de Redacción, FIC, Udelar). Esta situación, además de dañar el ambiente, atentó contra la salud de los pobladores de la zona donde la fumigación con glifosato pasó cerca de algunas de las casas. Y llegó a los cauces de agua más cercanos.

Giraldoni explicó que la DINARA creó un Fondo Nacional de Pesca y Acuicultura que es apoyado por la Agencia Nacional de Investigación e Innovación, a través del que se financian investigaciones que compiten por concurso en diferentes áreas de investigación: “Un tema de prioridad fue Recursos Acuáticos, Pesca y Medio Ambiente, y hoy se está llevando a cabo un proyecto que ganó el Instituto de Investigaciones Pesqueras de la Facultad de Veterinaria”, para ocuparse de estas problemáticas.

Daniel Carnevia, encargado de ese trabajo científico, y referente del área de Patología de Peces de la Facultad de Veterinaria, dijo a Sudestada que el proyecto es asimilable a una enciclopedia sobre daños por contaminación agroquímica y de otras sustancias, y se enfoca sobre todo en peces de agua dulce. Contar con un material de este tipo permite obtener “más elementos” para el estudio de posibles derrames de sustancias químicas al contrastar el daño con las descripciones teóricas.

El trabajo, según explicó Carnevia, comenzó a desarrollarse hace unos meses, y cuenta para su ejecución con docentes de la Facultad de Veterinaria y alumnos que desempeñan prácticas pre profesionales. La búsqueda de mayor precisión en los exámenes a peces eventualmente contaminados con sustancias químicas no solo permitiría determinar responsabilidades sino apoyar las decisiones técnicas y políticas que en estos tiempos de abundancia de soja y maíz transgénico deban adoptarse para salvaguardar la salud y el ambiente.

Búsqueda del cambio cultural en las escuelas

Más allá de su probada riqueza nutricional, para el pescado no es el plato preferido de los uruguayos un domingo al mediodía, ni tampoco en la semana. Gilardoni sostiene que “el consumo de pescado por parte de los montevideanos está en unos nueve kilos y medio per cápita anualmente”. Y unos seis kilos y medio en el interior. Cifras lejanas al promedio mundial: dieciséis kilos per cápita anuales.

Las costumbres alimenticias como tantos otros hábitos forman parte de la idiosincrasia de los pueblos, y Uruguay tiene una larga historia relacionada a los bovinos como fuente de riqueza, que ha pesado en la construcción de nuestra cultura gastronómica. Claro que el precio del producto no es un condicionante despreciable y en Montevideo, por ejemplo, el kilo de Merluza común pero fresca puede llegar a los 250 pesos el kilo, similar al de una colita de cuadril, más que un kilo de asado de ternera, y mucho más que un kilo de cerdo o de pollo.

Giraldoni expresó su preocupación por la apatía local a la ingesta de productos del mar, y afirmó que durante 2015 la DINARA “contará con materiales de promoción del consumo de pescado, sobre todo para brindar en las escuelas”. El planteo es razonable, ¿Quiénes mejores que los niños que están aún formando sus hábitos, para instaurar nuevas costumbres?

En los hechos la promesa de una campaña de este tipo está presente en el discurso de la DINARA desde 2008, año en que se observan las primeras notas de prensa sobre el tema. Pero este año se suma un nuevo elemento: la ley 19.292 de diciembre de 2014 que en palabras de Giraldoni: “reserva el 30% de las compras estatales a los productores familiares agropecuarios y a los pescadores artesanales”.

La pesca artesanal, sobre todo en el Río de la Plata, la conforman unas 1.200 embarcaciones que se dedican principalmente a la corvina. Además de la flota pesquera industrial que consta de unas 99 embarcaciones que se dedican a la merluza, corvina, pescadilla, atún y calamar, entre otras decenas de especies que suelen exportarse, y que en muchos casos son ofrecidas a precios que resultan exorbitantes para el mercado local. Uruguay posee derechos económicos exclusivos sobre 241 mil kilómetros cuadrados de mar, una extensión envidiable para la mayoría de los países. El punto es si logrará superar la apatía del consumidor local –sea por razones culturales o de precio– e incrementar el mercado del pescado, un sector productivo que brinda empleo a 540 millones de personas en el mundo, según la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura, y que promete seguir creciendo.

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